El Abuelo
Me conozco de memoria, mejor, de corazón, me gusta juntar palabras que os recuerden lo que recuerdo y recorran lo que veo si cierro los ojos. Me sé de pe a pa la geografía de este lugar, como las líneas de la palma de mi mano. Los pronombres del viento. La pereza del verano, los atajos, los caminos, el montón de piedra que guarda los recados de cada familia. La madre que ayuda a los niños a cruzar donde ahora se habla casi todos los idiomas, la escuela, letreros bilingües en la entrada, en la biblioteca, en el gimnasio; escuela de otra infancia, espejismo del tiempo cuando ninguno de los niños íba dejando migajas para volver a casa porque lo sabían de memoria; a salvo de traumas, de las picaduras de los insectos, de los colores de la vida: el azul, el rojo, el amarillo; de las fechas y al filo del silencio, del sueño más profundo y las pesadillas más reales, de la delgada línea que divide el día y la noche, cuando Pedro sabe que ha traicionado por tres veces al Maestro y el Maestro lo había vaticinado. Antes de que cante el gallo. Del corral. El cobijo del abuelo. A la sombra de la parra y la enredadera. A la acogedora luz de los jazmines. A la cuita y a la vista del gallinero. De la gallina ponedora, la que pone los huevos de colores. Inseparables las palabras, bordadas con seda y oro sobre el bastidor de mi historia. Pueblo humilde, de vida sencilla. Qué tiempos. Cuando el corral era símbolo de vecindad y distintivo de familiaridad:
— Abuelo, ¿por qué ríes?
— Río.
— Abuelo, ¿por qué ríes, dime?
— No lo sé. ¡La vida! — Pero no río. Sonrío. — La sonrisa es primero, después la risa, después la carcajada.
— Pero abuelo...
—¡Mucho quieres saber tú, muchacho!
— Dime, abuelo, ¿por qué ríes?
— Rio.
Toda la noche hasta el alba se la pasó el abuelo con la pregunta del muchacho. Toda la noche hasta el alba se la pasó el nieto con la respuesta del abuelo. La mañana se bañaba de calor, el cielo reventaba por el bochorno del día.
— Abuelo, ¿por qué ríes?
— ¡Río! — Por tí, por la parra, por la enredadera y los jazmínes. — Por la naturaleza, por la vida...¡por la gallina ponedora, la que pone los huevos de colores!.
— ¡Río...!
Desaparecido el corral, los corrales; nací en lo alto de esta Sierra, pueblo viejo, este es el escenario, escenario de gloria con tramoya de sonrisas, risas y carcajadas, donde siempre mi gente se divirtieron, se divierten y se divertirán. Donde esta mañana de lunes de verano, pasado el tiempo, el abuelo lleva a la guardería a su nieto de la mano, ahora se habla allí casi todos los idiomas, letreros bilingües en la entrada, en el aula, en el patio.
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