Verano rojo
En ocasiones para comprender el mundo lo mejor es apartarse de él, mantenerte a distancia, recogido el espíritu entre rumores de piedras del pasado, en ocasiones he oído a los cumbreños quejarse de mi, que aquí no hay ambiente, que no hay vida, y sin embargo nuestro cielo, nuestras calles , sus casas y fachadas, todo contribuye a crear un universo distinto , especial, donde el corazón se engrandece y se sacia el alma alimentada de recuerdos, nuestro estilo, si es que existe, por razones de economía, de la costumbre y los sentimientos, se ilustra, a diario, en el Casino, los bares y tabernas, pero, como pueblo no carezco de nada, ni de monumentos, ni de benefactores, lo sabéis, la nómina de vestigios, de tanto vestigio de la prehistoria, el románico, el gótico, el barroco, el romanticismo, se nos viene a las manos en placitas polvorientas, la Cruz del Altozano, sus altares y sus rostros, sus caras, las de mis hijos empeñados en levantar en pleno centro una imagen convincente, la más convincente de sus virtudes, en un cruce, estampas de la Verbena, el Monte Chico, la Fuente, coloreadas por el tiempo, entre el ir y venir de unos y otros a la ermita del Amparo, cuentan que por las noches, las dos, la del Amparo y la de Gracia, bajan de sus pasos y silenciosamente dan vueltas calle arriba, calle abajo, no más que habladurías de la gente, que postradas rezan a la Cruz del Altozano, la investigación anda en curso, incluso lo atestiguan, quiénes, fieles y devotos que hablan y hablan, de milagros y misterios, que a eso de la madrugada, cerca de las tres o las cuatro suenan las campanas de la torre, el reloj de sol, el sol de julio, de agosto, un sol devorador, verano rojo, el atardecer, el viento, un viento ligero, las hormigas en hilera que se cuelan en procesión por la ventana, las hogueras de San Juan, San Pedro en Cumbres de Enmedio, la Virgen del Carmen y la Virgen de Agosto, luego de vuelta, septiembre, el día del Amparo, qué tentación, sin duda, tentación de tentaciones, confundido, confundirse, a ciertas horas, identificados con las piedras, con la historia, con el pasado, con los vestigios del tiempo, suspendida la palabra, inesperada la pregunta, por qué la cigüeña cruza la sierra y llega hasta aquí, por qué le gusta nuestro clima, se trata de un error, no puede evitarlo, está segura de hacerlo, a lo mejor se desplaza, vuela, más allá de la esperanza, al amparo de la placita silenciosa, distanciada, separada del mundo, en su torre de marfil, casa de dos plantas con rejas de hierro forjado en las ventanas, tierra de secano, caminos de tierra, matas de brezos llenas de flores moradas y aulagas amarillas, la perdiz que se agita entre los arbustos, pero, hablemos de otra cosa, penetrante, el aire de la madrugada entraba en la sala, ella leía el último thriller, él se afanaba con el encargo, por mi parte , de otro monólogo, soy Cumbres Mayores, rumores del pasado, monumentos, benefactores, vestigios, milagros y misterios, el sol del verano, un sol devorador, verano rojo.
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