Sevilla
Era la mejor ocasión, la más propicia para embarcar a las Américas. Pícaros, rufianes, chamarileros, clérigos, prostitutas, comerciantes, inquisidores, carreteros, vendedores, soldados, gente de mal vivir, marinos, pilotos, nobles, emigrantes... daban vida a una ciudad bulliciosa, animada y cosmopolita. Sevilla era la capital del mundo. Desde la Casa de Contratación, desde el palacio del Alcázar, sede del monopolio del comercio americano, se movían todos los hilos de las riquezas y los tesoros de las Indias. Por el Arenal, Puerta de Triana, Postigo del Aceite, Puerta del Carbón o del Oro por la cantidad de plata que entraba por ella, hasta la Barqueta. Por la muralla. El río. Por el Puente de Barcas que mandara hacer el Califa Abu Jacub Jusuf, siglos atrás, con maderas sobre barcas trabadas con cadenas de hierro, hasta el Altozano y el Castillo de la Inquisición. Por el puerto y los muelles, entre carga y descarga: algaradas, riñas, peleas y reyertas. Joven, demasiado joven, poco más que un muchacho recién salido de su pueblo, deambulaba por todas partes consciente de los peligros y la aventura que desde siempre le rondaba por la cabeza. Que le obsesionaba como un embrujo. Pero era la ocasión, la más propicia para embarcar a las Américas. Mientras, de la Casa de Contratación esperaba la autorización, la licencia. Sevilla era la capital del mundo. Por ella había pasado lo mejor de lo mejor de las letras españolas. Lope de Vega, casado con Juana de Guardo, andaba por aquí con Micaela Luján, Lucinda, guapa comedianta, que le dio cinco hijos. Con Juana tenía tres. Cervantes escribía la primera parte del Quijote. Vélez de Guevara El Diablo Cojuelo. Mateo Alemán El Guzmán de Alfarache. En su casa Juan de Arguijo acogía sus famosas tertulias literarias... Ya en alta mar, joven, demasiado joven, Juan Gómez Márquez sacó varias fotografías de la cartera. Besó la de sus padres, Juan Gómez Márquez e Isabel Gómez Camacho. La de su pueblo, Cumbres Altas. La de su Patrona, la Virgen de la Esperanza. Finalmente se las volvió a guardar. Fuerte de carácter. De acusada personalidad se sobrepuso a los recuerdos y la nostalgia, encontrados los sentimientos. Ya en Méjico se asentó en la ciudad de Antequera, en el valle de Oaxaca. Capitán Juan Gómez Márquez. Emprendedor, comerciante, mercader. Lo dicen las crónicas. Enriquecido. A sus expensas, la construcción del acueducto que llevaba el agua desde el cerro de San Felipe a la ciudad. La reedificación de la catedral. El arreglo y la ampliación de iglesias y conventos. De los jesuitas, franciscanos, dominicos y agustinos. La ayuda a los pobres y necesitados, a los enfermos, los presos, los menesterosos. No se esperaba menos de su elevada posición económica y social. Dedicado al cultivo, la producción y el comercio de la grana cochinilla, el oro rojo, propio de los mixtecos de Oaxaca. Boom de los mercados europeos. Junto a él siempre su sobrino Diego García Bravo, su heredero universal. Sus esclavos, Juan de la Rosa, mulato y María, negra. En libertad, los dos, a su muerte. Nacido y bautizado aquí, soy Cumbres Mayores, el 9 de abril de 1664. Fallecido el 6 de febrero de 1772, allí, en Antequera de Oaxaca. Enterrado en la iglesia de la Santa Vera Cruz de las Carmelitas Descalzas. A él, nosotros le debemos, además de la Cátedra de Gramática y de Primeras Letras, 14.000 reales para el retablo del Altar Mayor; el frontal de plata labrado, el ostensorio, cálices, copones, vinajeras, custodias, manifestadores, coronas...hasta cuarenta piezas de orfebrería que en febrero de 1719, el día 8, Francisco García Regasía recogió cargadas en cajas de la casa de Contratación, en Sevilla. Comisionados para el legado también Pedro Pablo de Bustos Jaraquemada, Pedro de Liaño, Catalina García. Sevilla era en aquel tiempo la capital del mundo. Donde se podía creer en el sueño americano.
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