¡Qué calor, qué calor!


¡Qué calor! Treinta y ocho. Treinta y nueve. Cuarenta. Cuarenta y tres.  ¡Qué calor! ¡Qué calor! Que soy Cumbres Mayores. ¡Qué bochorno! Aire caliente y polvoriento. No baja la temperatura.  Cada día igual a la del anterior y a la del siguiente. Lo mismo cada noche.  Nada. El calor exprime sudor de la frente y de la espalda. El dolor pincha en la rodilla, viene y se va. Pesadas las piernas no responden como deben. El pasillo se alarga, se alarga...hasta la puerta principal. Te detienes. Y si abres la puerta y echas un vistazo. Mejor no. Para qué.  ¿Qué pintas plantado en el umbral? Sin hacer nada.  Bueno, algo es algo. Miras a uno y otro lado. De parte a parte. Al principio y al final de la calle. Arriba y abajo. ¿Dónde está todo el mundo? ¿Dónde? Nadie por aquí. Nadie por allí. Mejor vuelves por tus pasos. A la cocina. Todavía te quedan en el frigorífico algunas cervezas.  Ayer se te derramó el agua de la jarra en la mesa del patio. ¡Por poco, el móvil, el periódico, los libros! Claro, que hay una sensación de cambio. De agitación en el aire, en el campo. Los pájaros vuelan en silencio. Las abejas se apiñan ruidosas en los frutales. Como tus ideas. En tus pensamientos. Eres un hombre de letras. Eso crees. Con educación. Al menos, te lo dices a tí mismo. Soy un hombre de letras. De palabras. 

De conjugar el verbo. 

En la primavera el azul del cielo es limpio, puro y transparente. El verde  de las hojas se impone sin tapujos.

 Ahora con este calor, con esta temperatura, con este aire caliente y polvoriento, te encuentras espeso y dividido. No sabes si me  suplantas o no. Si eres tú o soy yo: Cumbres Mayores. Porque esto no es más que un monólogo conmigo mismo. Te queda claro. Y  tú no sales del pasillo.

Recuerdas aquellos atardeceres sentados en sillas bajas de enea en la entrada de la casa. En la puerta de la calle. No tan lejanos. Con mucho de protocolo. Participaba toda la familia. Los allegados. Los vecinos. Siempre mucho más las mujeres que los hombres.Ellas llevaban la conversación, la chispa, el diálogo, hasta la madrugada. La crítica, la ironía, la guasa. Entre cabezadas caía la noche, las manos en cuenco en el regazo. Por el zaguán un ruido de cortinas pergeñaba un sueño de susurros misteriosos. Los árboles, el limonero, el naranjo, el granado, el melocotonero, la higuera, el almendro, el membrillero, siempre amigos, te brindaban sus sombras acogedoras. Recuerdas aquellos tiempos. Eran auténticas tertulias populares. Se hablaba de todo. De lo divino y de lo humano. De la vida. Del amor y de la muerte. De los celos, las intrigas, las pasiones. De la moda, los deportes, el fútbol, los toros. De la sobrina del cura que se fue a la fuga con el hijo del boticario. Ah, y lo más grande, lo más grande...

¡Lo más grande... ! 

Venga, vamos... que hoy parece que refresca un poco.

JECG


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