Menhires



Hay quien piensa, quien asegura,  quien defiende que por debajo de mis pies hay una cultura milenaria más allá del principio de los tiempos. 

Por las calles empolvadas, polvo de tierra de obras de albañilería, la de la Portá, la de los Ábades, que son mi columna vertebral. (Los pueblos también tenemos cabeza, tronco y extremidades, arterias y venas por donde corre el agua que viene del manantial, del venero que dice mi gente). Suben propios y extraños al castillo y con asombro recrean la mirada en los menhires que alineados desafían la eternidad.

Los libros de historia dicen que el hombre del paleolítico seleccionaba su existencia allí donde veía mayores posibilidades de desarrollo colectivo. Es decir, aquí, entre nosotros. El menhir era cosa del  paleolítico. Salido de la  piedra, y sus instrumentos: buriles, hachas, martillos, puntas de flecha. Del sílex. Con las primeras grabaciones en granito. 

El cavernícola, lo cuenta la historia también, tenía poderes suficientes para reproducir a la perfección un objeto después de haberlo visto. Por ejemplo, el falo, que representa la virilidad, la fertilidad, la procreación y la transmisión de la vida. Pero al margen de interpretaciones más o menos delirantes, menhires y dólmenes nos envían un mensaje revelador: la huella de una raza común unida a pesar de las enormes distancias y la falta de  comunicación. Los hubo en la India, en África del Norte, en Dinamarca, en Suecia...Abundan en España, por demás.

JECG

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