La Huída



Ya de mayor se sentaba en una silla de enea, en el patio, a desgranar las flores de orégano para las ensaladas y, sobre todo, para el aliño de las aceitunas. Ya de mayor, ella,  se miraba al espejo y se veía una extraña. Siempre de negro hasta los pies vestida, no podía engañar al tiempo, tampoco engañarse a sí misma. Cuando se desconcha la pintura de la memoria la mente se ofusca. El corazón se encoge. Triste la mirada. A veces, hosca. De rabia la mirada. De rabia.

Y falta la palabra. Sobra la vida.

Ya de mayor, ensimismada, fijaba la vista en los geranios y los claveles, las rosas, la hortensia, los jacintos, la petunia, la costilla, los helechos y la pilistra. En el patio. Cansada la vista, agotada por los años, sumida, siempre, desde siempre, en la pena y la tristeza.

¡Qué diferencia! Tanto tiempo atrás, de chica, en un cuenco, con las manos bebía el agua de la fuente; agua de la Magdalena, de la Fuente Nueva. Luego se la echaba por la cara, por el cuello; qué delicia el agua que brota pura de la tierra. Inagotable, el manantial de la vida.

Ya de mayor se sentaba en una silla de enea, en el patio, a desgranar los recuerdos.  Se miraba al espejo, se veía una extraña. Tuvimos una guerra que hizo muchos estragos. Que lo redujo todo a cascotes y cenizas. Pero las guerras se prolongan en el tiempo. ¿Quién las gana? Nadie. Unos pierden más que otros. Pero todos pierden. ¿Quién se cree lo que dicen los libros de historia? ¡Que ignoran los sentimientos! ¡Que rompen las entrañas! Cada batalla es un delirio. Cada refriega un despropósito.  Cuando se desconcha la pintura de la memoria la mente se ofusca. 

El corazón se encoge. Agosto.  No pasó la columna minera de la Pañoleta en su asedio a Sevilla. De rebote, aquel 5 de agosto, llegaron a Cumbres. Los mineros.  Me llamo Cumbres Mayores. En cualquier caso esto no es más que un monólogo conmigo mismo.  Entregado a mis cosas.  De ayer. De hoy. De mañana. Fue un aviso. Una premonición. Por el camino de la Fuente Nueva la muerte acecha.  Siempre de negro hasta los pies vestida. Triste la mirada. Septiembre. Los sublevados.  La respuesta no se hizo esperar. Octubre, noviembre, diciembre.

Expoliados. De su identidad, de su razón de ser. Al monte. A Francia. A Portugal, A Méjico...La huída. Era la huída. Por la Fuente de Agua clara. Por los entresijos de la historia, monte arriba. Sierra Morena arriba. Sentada en una silla de enea, en el patio. Cuesta arriba con sus recuerdos a cuesta.  

Desgranado  el orégano, cerró los ojos y nos dijo adiós.  Una tarde cualquiera del aquel siglo. De sangre, de engaño, de miseria y de ignominia. Para ella. Sumida en la pena y la tristeza. Siempre.  Pero con el tiempo cambió el viento en la arboleda. Los chopos, los álamos y los olmos ofrecieron de nuevo la sombra de sus brazos en la ribera, que  se acicalaba de flores para pintar de luz y de esperanza la imagen y la cara de la vida. Me gusta soñar que en la tierra que me alberga estuvo, sin duda, el paraíso. Que nunca lo damos por perdido.

JECG

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