Qué frío, qué frio
Enero. Llueve y hace frío. Qué frío, qué frío. Empañados los cristales las sombras se alargan. Pensamientos. Nostalgia. El tiempo se refugia bajo un manto de escarcha. Resbaladizas las calles, la humedad impregna el empedrado, el asfalto. Mi pueblo anda abrigado, muy abrigado, contra la mordida del viento. Escasa la luz, desnudos los árboles esperan impacientes la vuelta de la primavera. De gris el paisaje, a lo lejo el humo de las chimeneas se desvanece en el aire. Hay como una belleza silenciosa en este invierno implacable que cala los huesos sin prisa, sin urgencia.
El día se detiene, las horas pasan entre el ritmo constante de la música de fondo de la lluvia en el patio y el susurro del cambio de página del libro que lees, mientras te adormeces al calor de la estufa que evoca memorias de otro tiempo cuando el brasero era el alma, el corazón y vida de la casa. Centro de tantas y tantas historias, de conversaciones y risas contenidas: extendidas las manos al fuego. Porque avivadas las brasas por el ritual del soplillo cómplice de la badila entraba tu cuerpo en caja, al amparo de la mesa camilla. Mas... iluminada tu cara, a veces, por el sofoco de un rojo encendido. Enero. Llueve y hace frío. ¡Qué frío! ¡Qué frío! El cielo se oscurece. El cielo se rompe en pedazos. La tormenta se avecina. Se va la luz. Los granizos golpean la ventana. Rebotan en el suelo. Viene de nuevo la luz. Por la tarde. Es domingo. Vuelves al libro, El Resplandor. De Stephen King. Un clásico. De terror. —Un escritor en apuros es cuidador de un hotel en las montañas de Colorado. Su hijo tiene cualidades excepcionales, dotes sobrenaturales. Suyo es el resplandor. Y poco más. Segiro que ya has visto la película de Stanley Kubrick.
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