Por los siglos de los

Recordar estas cosas que han pasado hacen sentirme bien. Las cuento como si fueran mis memorias para que me las escriban en forma de monólogos. No sé si vale la pena. Si tienen interés. Si merece que te des cuenta de mi modo de ser en otras épocas y en ésta; si he cambiado o no, si he cambiado mucho o poco, si sigo siendo el mismo, si me salen las cuentas o no me salen. No hace tanto era pobre, pobre de pobreza que no me dejaba comer bien, medianamente bien; vestir bien, medianamente bien; viajar,  ¿dónde?. Diversiones, fines de semana. ¡Safaris! 

—Perdona. Por recordarlo. Uno no es uno, sino una prolongación de sí mismo. Con historia. Con pasado. Con presente. Con futuro. ¿Para qué? Si no ves más allá de los metros que alcanzan tus ojos, no pases la puerta. La mañana de invierno está fría y desde la sierra llega un aire cortante que se desliza silenciosamente por las calles. La gente de la calle sonríe al leerme. Sin indagar si es un asunto serio o un capricho mío. Uno más. Pero no me abandona. Por qué. El motivo. Se vive el momento. No se sabe si se vivirá el futuro. Si se vivirá el después. Estamos tan asentados en la vida que no nos damos  cuenta si se nos  ha olvidado el corazón en alguna parte. Si desde ese momento vivimos sin corazón. Días de vinos. Días de rosas. Coche. Sierra. Playa. Nieve. 

—Perdona. No debía recordarlo. Los males de la inteligencia duelen menos que los del sentimiento, los del sentimiento menos que los del cuerpo. Pero ningún dolor de los que destrozan el alma duele tanto como un dolor de muelas, el de un cólico, o el dolor de un parto. El gallo canta himnos de libertad dentro del  gallinero desde el que seguro va a ir a la muerte. Fernando Pessoa disfrazado de Bernardo Soares lo dice. Y sigue. La vida es sencilla. Sólo hay que no hacer mal a nadie. Reconocer en los demás los derechos que queremos para  nosotros. Somos del tamaño de lo que vemos. No del tamaño de nuestra estatura. En los ojos llevamos el aviso inevitable de nuestra conciencia, el grito clandestino del alma. Cuando escribo la lluvia ha cesado, el día va terminando en un azul pálido, un azul vago que se refleja en las piedras de las calles.

La tarde cae levemente, indefinida la hora. Enmedio las conversaciones conmigo mismo que forman las palabras de este monólogo; de este hablar por hablar, de repente, y a la luz que se apaga sobre los tejados de las casas que mojados se nos antojan entrañables y cercanos. De este  escribir por escribir, leer por leer, divagar por divagar. Me entretengo en la contemplación inocente de mis cosas, el ansia de saberlas es inevitable, cosas de un  pasado cuyo recuerdo me hace feliz. 

Ahora la gente va llegando a la Cruz del Altozano. Unos vienen de la plaza del Solano, por la calle Huerto, la Portá, la Verbena, la Cruz, calle Colón abajo hasta el Amparo. Otros vienen del Castillo, de la calle los Abades, del Convento, de la barriada de la Esperanza. La gente va llegando a la Cruz del Altozano. Va llegando al Amparo. Se llena la iglesia. Por fin San Sebastián, humilde en su hornacina, cae en la cuenta de que es su Santo. San Sebastián Caballero. Que nos libró de la peste, del cólera, de las enfermedades y de las guerras. Sorprendido. Su imagen hoy en el centro del Altar sostiene todas las miradas. Cientos de años. El Voto. Si nos sacas de esta te llenamos la iglesia de por vida cada veinte de enero en tu honor. Dicho y hecho. Cuando escribo esto llega la noche. Brilla la luna llena después de un sábado, mañana  de un día de luz suave sobre los tejados del pueblo; inédito el azul del cielo también mi corazón va a la iglesia acompañado de mi gente por los siglos de los siglos.

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