Pánico

Escribir por escribir. Para  inventarme historias o hacer juego de palabras.  Porque escribir es un hábito que nos permite atestiguar el pensamiento además de conocernos a nosotros mismos. Y un cierto desfogue que da salida a cuantas emociones ocultan los secretos de los que cada uno conoce mejor que nadie: los vericuetos de la trama. Y su desenlace. De pronto sabemos algo que no sabíamos antes. De pronto nuestra voz no deja de tener un lado escalofriante. Pero esto no es más que un monólogo. Otro más . Que nadie se llame a engaño. No un libro de historia, sino de muchas historias que vienen y van de una a otra con fechas, datos, información, nombres reales, de personajes de carne y hueso que están en nuestra imaginación. Que forman parte de nuestra conciencia colectiva. Con el aliño de la fantasía y la irrealidad, la emoción y la nostalgia. De pronto la noticia corrió como la pólvora. No sólo habían puesto una bomba, además en la explosión había  fallecido el alcalde. Pánico. De nuevo nos vamos a 1931. En diciembre el Gobierno de Azaña nombró Gobernador Civil de Huelva a Francisco A. Rubio Callejón. Que en enero de 1932 tomó posesión. Que le gustaba reunirse frecuentemente con los periodistas para esclarecer la verdad de las cosas que pasaban en la provincia. En Aroche las mujeres se enfrentaron  a los carabineros que detuvieron en 'la raya'  y maltrataron a  varios contrabandistas. Las revueltas en la línea de ferrocarril Zafra/Huelva. En la construcción. En el campo. Con los mineros en Riotinto. San Telmo. El Perrunal.  Pero aquel día la prensa: los reporteros de Odiel, el Diario de Huelva, el ABC de Sevilla preguntaron  por un suceso que de boca en boca iba de pueblo en pueblo.  —En Cumbres Mayores...¿Qué pasó en Cumbres Mayores?—Nada, en Cumbres, nada. Lamentable. Un viajante que, según parece, por hacer una broma, le dijo a una mujer al servicio del alcalde que iba a poner una bomba. Cuando intervino el alcalde creó la confusión, cundió la alarma y se multiplicaron los rumores. Algunos vecinos maltrataron al viajante a punto  de  lincharlo. —Lamentable. —Lamentable.  La mujer pidió amparo. Alterada,  estremecida, sobresaltada. Todo, por lo pronto, ya,  en el Juzgado de Aracena.

Historias, muchas historias que vienen y van, que van y vienen como parte de nuestro imaginario colectivo. De nuestro patrimonio común. Cara y cruz de nuestra identidad social. La sabiduría popular refleja la imagen de lo ocurrido. De lo realmente ocurrido. El hombre, viajante de comercio, sevillano, por más señas, iba de mañana entregado a su faena por la  calle la Portá cuando a la altura de una casa: el azar, la mala suerte, la casualidad, era la del alcalde. Próxima a la piedra grande de la muralla del castillo. Joven, guapa, muy  guapa, a la mujer, boca ancha, grande, sensual, le brillaban los ojos difíciles de mirar, ocultos, vulnerables; ocultos en su propio brillo, en la sombra de sus pestañas;  mientras arrodillada  en el suelo fregaba la entrada de la vivienda. Al hombre se le vino la imagen a la primera. Con el desborde de un escote que, abierta la blusa por descuido, dejó entrever la hermosura de unos pechos generosos. El piropo se hizo alegoría, comparación. Metáfora. ¡Qué cuerpo! ¡Qué mujer! ¡Qué bombas!Todo por un piropo. Por un simple. Un sencillo piropo. Un juego de palabras.  Palabras que matan. Pánico. —¡En la puerta hay un hombre que dice que va a poner una bomba! —¡En la puerta hay un hombre que dice que va a poner una bomba! ¡Señora! ¡Señora! —En la puerta...—Una bomba. ¡Señooor...!  Se abrió la caja de Pandora. Se desataron los vientos. Los truenos. Apaleado, por algunos. El viajante no pasó más allá de la calle los  Abades. Cuentan, se cuentan tantas cosas, que lo dejaron hecho un Cristo.¡Un Cristo ! Pero el pobre no hizo nada. ¡El pobre...! ¡El pobre...! Ayudado por otros en la fonda, atendido con urgencia por el médico, llamaron a su familia que vino a recogerlo.

Historias que van y vienen encadenadas en un bucle. Agosto de 1936. Golpe de Estado de los militares. Francisco A. Rubio Callejón. Detenido. Encarcelado en La Colonia, residencia de estudiantes de Viznar. Coincidió allí con Federico García Lorca, dos banderilleros y un maestro de escuela. Francisco Galadí.  Juan Arcollas Cabeza. Dióscoro Galindo. Fusilados. Se cuenta que Francisco A. Rubio Callejón ayudó al enterramiento de Lorca en la fosa común donde lo habían echado. Este gesto, se cuenta también que aceleró su fusilamiento poco después. De pronto sabemos algo que no sabíamos antes. De pronto nuestra voz no deja de tener también un lado escalofriante.

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