La palabra
La palabra es lo mínimo que se despacha a la hora de hablar y escribir. Lo mínimo, con significado propio. Por debajo, las letras, que carecen de significado pero que cada una tiene su nombre. La h se llama hache. La b se llama be. La n ene. La f efe. Y así. Para qué seguir. Si juntamos las palabras en corto, por lo sencillo, se nos viene a las manos la frase: ¡esto es Cumbres!, ¡esto es Cumbres ! decimos, en vivo, y en directo; pero si la ampliamos: ¡esto es Cumbres y aquí hay que morir!, ¡esto es Cumbres y aquí hay que morir!, de la frase pasamos a la oración. Fácil. ¿No? De las letras a las palabras. De las palabras a las frases. De las frases a la oración. Y seguimos con el párrafo, el texto, el libro. Los libros. No hay que correr. Vayamos por parte. Primero está el habla. La lengua. Nosotros, con el castellano partimos del latín. Por lo menos doscientos años antes de Cristo los romanos con Escipion a la cabeza nos invadieron para echar fuera de aquí a los cartagineses que se las prometían muy felices. Entre los romanos, los más importantes iban y venían con frecuencia a Italia, de Italia; y hablaban el latín culto, por ejemplo, para ellos "mesa" era table, tavola, taula. Pero los soldados, la gente de la calle, el pueblo, hablaba el latín clásico, el latín vulgar, para ellos "mesa" era mensa. Y un día con otro, se nos fue pegando todo lo de los romanos que se volvían locos haciendo puentes, carreteras, acueductos, teatros, anfiteatros, en Hispania, como ellos nos llamaban. De modo que empezamos a darle de lado a lo anterior que era muy rico y variado. Del ibérico nos quedamos con palabras como "perro". El latín pudo con el habla de los fenicios, los griegos y tartesios, que pasó a mejor vida. De los tartesios, por decir algo, tenemos restos tanto en Andalucia como en Extremadura: el tesoro del Carambolo en Sevilla, las casas del Turuñuelo en Badajoz. Ya en el siglo V los visigodos hicieron con los romanos lo mismo que ellos habían hecho con los cartagineses, fuera de aquí. Del gótico, su lengua, nos quedamos también con palabras como espuela, tregua, guardián , espía ... y nombres como Álvaro, Elvira, Rodrigo, Rosendo... Pero en el siglo VIII los árabes hicieron con los visigodos lo que ellos habían hecho con los romanos y los romanos con los cartagineses, echarlos. Es decir, que venimos de un conglomerado de hablas y culturas que por mucho que excavamos en la tierra cada vez nos llevamos más sorpresas. En siete años los árabes conquistaron la península desde Cádiz al Cantábrico y los Pirineos. Luego tardaron ochocientos en irse, cansados ya Isabel y Fernando de tanta escaramuza de moros y cristianos, organizados estos en reinos a partir de las montañas de Asturias donde se habían recluido, asustados, en un principio. Boabdil lloró con desconsuelo la pèrdida de Granada. Lo sabemos de buena tinta. Del árabe usamos palabras como aceite, azúcar, tabaco, almohada, alhaja, algodón, jarabe, sorbete, tabique... y así hasta más de cuatro mil. En ese entretanto cada reino cristiano se manejaba con su dialecto particular. Por el 950 Fernán González había creado el condado de Castilla. Todavía el castellano no se consideraba una lengua apta para ser escrita. Son las Glosas, de los monasterios, de San Millán de la Cogolla y de Santo Domingo de Silos las primeras palabras escritas en castellano. Es Fernando III el Santo quien unifica Castilla y León en el siglo XIII. Quien declara el castellano lengua oficial del reino. Alfonso X el Sabio quien promueve una fuerte conciencia nacional mediante un lenguaje común a cristianos, árabes y judíos. Cuando dignificado ya se emplea el castellano con carácter culto en lugar del latín. Gonzalo de Berceo, el Arcipreste de Hita, don Juan Manuel, Fernando de Rojas consolidan la lengua castellana. Luego vendría la Gramática de Nebrija en el siglo XV, el prestigio.... La Real Academia de la Lengua en siglo XVIII, la pureza...de la palabra.
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